CONOCEMOS A LA ESCRITORA, MARÍA ROSA GIANELLO

Por Jesús María Ludi

María Rosa Gianello nació en Gualeguaychu, Entre Ríos el 9 de enero 1966. Estudio filosofía, pedagogía y gestión cultural. Actualmente se desempeña como profesora adjunta de la Cátedra Análisis Institucional en la UADER. Ha publicado en la antología Le Cucó, compilada por María Morosano (ediciones fervil, Rosario 2018)  Es co-autora de Mutheres na historia da América Latina, compilación de Marinete Zacharias Rodriguez y Luciana Branco Vieira (Ediciones CVR. Brazil 2020) 
Tiene publicaciones en Revista Barriletes de Paraná. 
Es vecinalista y gestora cultural. Produce y  conduce desde 2014 La Lengua de la Rosa, un programa de Filosofía y música emitido por radio comunitaria Barriletes. Ademas, recientemente acabó de editar su primer libro, llamado Encendidas Relatos Breves, donde también, está acompañado de algunas poesías de la gran escritora, Marta Zamarripa.

Maria Rosa nos comparte este cuento

Sueños cumplidos

Una nunca sabe cuánto pueden influir en los demás nuestras palabras. Esas que pronunciamos en una conversación cualquiera.

Cierta vez en la playa, mirando el río majestuoso, divagábamos con Mariela sobre nuestros infortunios sentimentales. Ella me visitaba asiduamente desde Reconquista. Salíamos a cenar, bebíamos, revisábamos errores y programábamos nuevos viajes. Un hombre calvo y solose  nos arrimó con el mate sumándose a nuestra plática. De profesión contador nos decía:

 _La mayoría de los hombres son materialistas, así que ustedes lo que tienen que hacer es  buscar un soñador.

 Con él también hablamos del país y de una sociedad adormecida. Nos despedimos con la promesa de seguir la charla. Nuestras existencia siguieron sus azarosos caminos.

Años más tarde, mientras bajaba las escaleras rústicas y llenas de  polvo de nuestro edificio, rememoraba  aquel  intercambio  en esa playa, otra vez volvían las preguntas acerca de donde habíamos dejado nuestros sueños, no sólo  los amorosos sino esos que involucran a la vida toda.

Me dirigía a la casa de Herminda. Sentía una  soledad única. Reticente a  aceptar  el paisaje que me rodeaba, quedaba expuesta mi  frustración al ver que las cosas no se ajustan  a lo que una hubiera querido, o más bien a nuestro sentido de la estética, que siempre es parcial y subjetivo. A paso lento, repasaba lo tratado en las últimas reunionesde la Comisión Barrial. Siempre eran pocos los asistentes a las convocatorias; Razones no faltaban. La geografía del lugar mostraba autos abandonados, veredas rotas y  muchos pastizales.

La implacable Legión de Los Individualistas avanzaba  sobre veredas, calles y espacios verdes sin temor a reprimendas. Sus fieles miraban profundo, transitaban con el mentón erguido, invocaban  un poder que los demás,  nunca les habíamos concedido. Portaba una bolsa de residuos que dejaría en su lugar en el trayecto, motivo suficiente para que un vecino me avisara que el contenedor de la calle Tejeyro lo habían desplazado casi hasta la otra esquina.

__No quiero que el olor de la basura llegue hasta mi casa, si lo vuelven a poner ahí, lo voy a prender fuego-__había dicho  Miguel del segundo A.

Me  preguntaba si sería el tiempo, las políticas o la degradación de los comportamientos los causantes de  este paisaje. Los rostros  de los habitantes acompañaban la escena, blindados a toda  necesidad  que no fuera la suya.

Hace más de veinte años aparecía la oportunidad de tener nuestra casa. Lográbamos en aquel entonces concretar hechos y unir voluntades. Ahora, nos cruzamos en la vereda sin mediar palabra, como si fuéramos los restos  de eso que alguna vez proyectamos ser. No todo está perdido pensé, el universo  es permanencia y cambio. Confiamos en la llegada de tiempos mejores, esos que una espera en un barrio de una gran ciudad como compensación a la tenacidad  y compromiso de algunos locos soñadores.

Volviendo a Herminda, una contrariedad caracteriza nuestra relación. Desacuerda con  mis métodos, pero dice que admira mi fuerza. Golpeo su puerta, intercambiamos unas palabras y le dejo una carta que presentaremos al  Alcalde. Ella al ser la Presidenta de la Comisión, debe firmarla. Salgo de su casa siguiendo la calle peatonal. Un perro añoso, medio enfermo, me observa con piedad.

Ingreso a la carnicería La Providencia. El carnicero me mira  insistente. Reitero el saludo al sospechar que no me reconoce. Él sigue con  mirada inquisidora.

__Hola _Me dice_

__Hola_Respondo_

 Sin bajar la mirada prosigue __Los otros días te olvidaste un corte _

_Ah, ¿sí? mira vos, vaya a saber en qué pensaba, nunca me di cuenta

__Bueno, ahora te lo voy a dar_dijo él.

Toma algo de lo que se exhibe en el mostrador. Le consulto por unas milanesas de zapallo, me resultan novedosas.

__Dame  dos y otras de pollo, para probarlas_ le digo_

El hombre continúa__Te vi por la zona del Parque Alto caminando ¿puede ser?_ interroga mientras pesa mi compra_

__Seguramente, suelo caminar por esa zona, pero fue hace como una semana__

_Sí,  puede ser__ dijo él.

__Esto ya te lo cobré__expresaba  señalando lo que sostenía, no te lo había puesto en la bolsaese día, te fuiste y quedó acá.

A los pocos minutos una señora ingresa al local. Hablamos del país, de las malas noticias, bromeamos acerca del estado mental  de casi todos nosotros.

_ ¿Pero no viste lo que pasó en la calle, en el centro?__ Comentó ella_

_ ¡No! ¿Qué cosa? Pregunté _

_Fue hace cómo tres meses, alguien se bajó del auto  con un hacha para atacar a un motociclista, el tipo se  defendió con el casco_

__¡qué barbaridad!, está muy sacada la gente__ acoté.

Me despedí del carnicero; realmente no conservaba registro de aquella compra que él me recordara; ¡mucho menos que había olvidado lo que le pagué!

La negligencia tardía registrada por el matarife y su actitud de reintegrarme lo que  había cobrado pero no entregado, me sorprendió; por lo inesperado pero razonable de su actitud, lo sucedido me pareció un acontecimiento. Es que es el acontecimiento no es cualquier hecho, sino aquelque devela la excepcionalidad de lo cotidiano, aquello que de tan habitual, se nos ha  vuelto invisible.

De regreso a casa dirijo los ojos al cielo, respiro profundamente y es como si un soplo de nueva vida se me metiera en el cuerpo; un goce inusitado me colma; una esperanza me inunda.

Me llamo Eloísa si, igual que la novia de Abelardoy aunque no tengo su capacidad de entrega, creo que con poco, digamos con  casi nada, se pueden hacer grandes cosas.

Hace dos semanas volví a cruzarmecon el hombre de la playa. Le narré esta historia, la de mi cuadra y la del matarife. Trajimos el recuerdo de la  conversación bordeando el río; él sonrió y haciendo una  mueca  de aprobación, agregó  que la Legión de los Soñadores está por todas partes, son disimulados y se manejan con precaución. Lo vi irse despacio. Mientras  guiñaba un ojo me señala “es que para el que cree, nada es imposible”.