«La sociedad se ha vuelto insolidaria»

El filósofo y escritor señala que la frase acuñada por Cristina Fernández es “utópica y hermosa” y que ese concepto representa la única posibilidad de fundar una ética de la alteridad. Pero Feinmann advierte que ese «otro» se ha transformado. 

Recuperado del accidente cerebrovascular (ACV) que sufrió en 2016, Feinmann regresa con Alcances y límites de La patria es el otro, producida por Gustavo Ferrari, Nicolás Mastromarino y La Gira Producciones. La patria es el otro siempre va a tener vigencia, pero en verdad es una frase utópica porque no está en la naturaleza ni en la condición humana la disposición a aceptar al otro, a incorporarlo, a sentir que sin el otro yo no puedo ser yo. Un sistema democrático solo puede basarse en el reconocimiento del otro”, plantea el escritor y filósofo a Página/12.

–¿Cómo se inscribe el concepto “la patria es el otro” en el contexto de la pandemia?

–Me preocupa mucho la Argentina de hoy porque contrariamente a lo que señalaron algunos pensadores optimistas sobre el surgimiento de una sociedad mejor, más solidaria, no creo que vaya a ocurrir eso. Al contrario, más bien lo que vengo observando a esta altura de la pandemia es que la sociedad se ha vuelto insolidaria y que las relaciones políticas son muy agresivas y hay poco temperamento para comprender las razones del otro. Una formulación de la frase “la patria es el otro” la había dicho Alberto Fernández cuando postulaba que él iba a gobernar para los que lo habían votado y para los que no lo habían votado. Los que no lo votaron hoy están decididamente en contra del gobierno y son una oposición agresiva y belicosa. Esto es posible porque se busca la identidad en oposición a lo que hace el otro, como hace Juntos por el Cambio, los medios de comunicación, gran parte del empresariado y de eso que se llama, entrecomillas, el campo, que están en una actitud de erosionar a este gobierno y no aceptar como bueno nada de lo que hace.

–¿No aceptan nada?

–Nada. Aparte hay un odio instalado que apunta a la figura de Cristina Kirchner, que es una figura demonizada por muchos y con la que tienen una relación pasional, tanto de los que la quieren como los que no la quieren; pero no veo que el gobierno de Alberto Fernández pueda realizarse a través de la consigna “la patria es el otro”, porque el otro se ha transformado en el adversario y con frecuencia en el enemigo, que lejos de querer compartir un proyecto de unidad nacional quiere boicotearlo. A lo largo de la historia, la condición humana ha demostrado que el bien y el mal están en constante enfrentamiento. La historia es conflicto, antagonismo, enfrentamiento; tiene momentos de armonía, de alianza, de conciliación, pero son momentos. Lo que permanece es el conflicto. “La patria es el otro” queda como una frase utópica, deseable, necesaria para construir una sociedad democrática habitable, pero en lo humano también convive lo inhumano. 

Feinmann hace una pausa para tomar un poco de agua. Vuelven sus ojos hacia ese redondel minúsculo de la pantalla donde está la cámara –que es lo que permite sostener la ilusión de que es posible mirarnos a los ojos en estos tiempos-, y completa esa convivencia de lo humano y lo inhumano con una frase de Dostoievski: “el bien y el mal están en constante lucha y el campo de batalla es el corazón del hombre”. 

–A partir de la frase de Dostoievski, ¿qué pasa con el otro cuando el campo de batalla es la política?

–Hay movimientos políticos que se afirman a través de la demonización del otro, por ejemplo el nacionalsocialismo con la figura del judío, transformado en el otro al que había que eliminar. Toda dictadura, toda política de represión, todo posible genocidio, radica en expulsar de la condición humana a los que se pretende matar, castigar, torturar. Ramón Camps, el jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, decía: “nosotros no matamos seres humanos; matamos subversivos”, es decir que con el concepto de subversivo se expulsaba de la condición humana a aquellos que se quería eliminar. Marx dice: “el capitalismo viene al mundo chorreando lodo y sangre”; la llamada acumulación originaria del capital se da a través del saqueo y la conquista de América. Si bien hemos devenido un continente emergente (países emergentes, se dice), el continente europeo emergió a partir de la conquista y el saqueo de la riqueza americana y de la esclavización de los negros de África. O sea que hay en el origen del capital una concepción explotadora del otro, que lejos de tenerlo como el otro humano, lo ve como el otro sin alma, el otro a esclavizar, el otro subversivo o el otro judío. El que demoniza al otro está tramado por el odio. El odio es una pasión que impide el diálogo, el reconocimiento de la existencia y la autonomía del otro. El odio lleva a expulsar al otro, a no considerarlo un ser humano. 

–¿Qué impacto está teniendo el aislamiento en nuestras formas de socialización?

–Hay una actitud cuidadosa de la salud de cada uno. Yo no puedo acercarme a ese otro contagiado, pero puedo tener piedad; la ayuda que necesita es médica y no de cualquier ciudadano. Lo que cualquier ciudadano tiene que hacer es no enfermarse él para no enfermar a los otros contagiándolos. Los valores de la soledad, del aislamiento, se han vuelto prioritarios. En este momento pandémico la solidaridad consiste en aislarse, en encerrarse, en no estar cerca del otro, porque el virus es el que gana y el que mata.

–Slavoj Zizek plantea que la crisis mundial generada a partir del coronavirus es una oportunidad para instalar un nuevo sistema social “comunista”. ¿Estás de acuerdo con esta perspectiva?

–No. Lo que Slavoj Zizek esperaba de la pandemia, una pandemia revolucionaria que iba a traer un comunismo racional, no está sucediendo: no hay una pandemia revolucionaria; una revolución la tienen que hacer los sujetos libres, las conciencias críticas, y esto está lejos de verse. Las ambiciones hegemónicas de los grandes países siguen en pie. La guerra comercial es devastadora y responde a un deseo de hegemonía sobre los territorios, hegemonía de los grandes dueños del mundo y de la historia, que son sobre todo Occidente, con Estados Unidos e Inglaterra y China y Rusia, que equilibran un poco los desafueros de una política que está llevada adelante por un individuo de alta peligrosidad, como es Donald Trump. Como verás, no soy muy optimista en cuanto al desarrollo de la historia.

–En estos momentos se percibe una intensa competencia para llegar primero a tener la vacuna. Rusia está anunciando que el 10 de agosto tendría disponible una vacuna, para hacer algo similar a lo que hizo con la carrera espacial cuando lanzó el Sputnik, el primer satélite, antes que Estados Unidos. ¿Cómo analizás esta confrontación política, económica, que también es biológica?

Lo biológico se transforma en política de Estado: el que resuelva la situación biológica va a adelantarse a los otros. Es muy posible que la vacuna dentro del sistema capitalista competitivo tenga un costo muy alto y no se distribuya en los países pobres. Que no haya vacuna para los países africanos; que no haya vacuna para América Latina. Esto es muy posible que ocurra porque sería el aspecto capitalista de la vacuna, que hay que comercializarla y venderla, en lugar de entregarla gratuitamente. El racismo ve en el otro, en la raza que se desprecia, lo rechazable y en consecuencia eliminable. En Estados Unidos se están dando grandes manifestaciones en contra del racismo, se ha llegado incluso a tirar estatuas de (Robert E.) Lee, un militar sureño esclavista. 

–Hay esperanzas en cuanto a que hay insurrecciones en el país más poderoso del mundo y se los ve preocupados, y eso puede contagiarse al resto de los países que han vivido bajo el yugo neoliberal. Pero la pandemia ha anulado las protestas en Chile, donde ya la gente no sale a las calles porque se va a enfermar, y eso benefició a (Sebastián) Piñera. Hay que esperar que las manifestaciones resurjan una vez que la pandemia sea derrotada; lo cual es bastante utópico porque no hay muchas esperanzas de una vacuna inmediata. La historia no avanza hacia un punto óptimo, sino que ha retrocedido; la tecnología es buena, pero es muy mala también porque lo destructivo se vuelve más destructivo, y los viejos son expulsados de la sociedad por la tecnología. Encima la pandemia los ataca preferentemente, lo cual alegra a un sistema que quiere deprenderse de los viejos porque los ve como un gasto que no reditúa ganancia. Hay muchos aspectos que me llevan a pensar que tenemos que hacer grandes esfuerzos para que el futuro sea lo mejor posible. No es imposible, pero es muy difícil.

José Pablo Feinmann

Por Silvina Friera